Vivir con el marcador rojo en bandolera

(ARGENTINA) – Buscar incesantemente la simetría y la perfección puede sonar aburrido y rutinario para quien no siente correr por sus venas esa tinta roja que permite corregirle a la vida esas pequeñas imperfecciones que hacen que cada día sea un cuaderno sin estrenar y cada paso, la posibilidad de una aventura.

(Foto: PD, abril 2009.)

 
Por Pancho Dondo, de la redacción de PB

 
En los viejos westerns, cuando un personaje tomaba de su cartuchera el arma que allí esperaba, silenciosa pero amenazante, se decía que había “desenfundado” su Colt, por ejemplo. El espíritu de andar armado, en aquel Lejano Oeste que hoy se presenta cada vez más románticamente (olvidando la asimetría de poder que había de un lado y del otro) respondía obviamente a la larga lista de peligros con que cualquier persona se enfrentaba desde el desayuno hasta la cena.

Mi modo de andar armado hoy, en 2011, no tiene que ver con estruendosos revólveres ni con disimulados cuchillos. No. Mi arma, secreta y descubrible a la vez, es el marcador rojo que no puede faltar en mi bolsillo izquierdo. Sin él allí, no puedo salir a la calle. Por supuesto que no me imagino atacando a nadie mientras blando mi frágil fibra por encima de mi cabeza, y sé que jamás asustaré a nadie porque, sin previo aviso y en la soledad de un andén vacío, «desenfunde» mi Pilot de 0,7 mm.

No lo necesito para defenderme de peligros, sino para atacar a la vida y sacarle todo el jugo. Para resaltar con él lo que despierta mis sentidos, lo que excita mis oídos, lo que choca con mis ojos. Y para, llegado el caso, corregirle a la vida misma esos pequeños errores, esas mínimas asimetrías que los perfeccionistas no soportamos.

Eso es lo que vengo intentando.

Probablemente de allí provenga mi pasión por esas asociaciones libres que me llevan a ligar un ignoto afiche almagrense con una secuencia de una película de Francis Ford Coppola, o la foto de las rejas de una plaza con un poema de Oscar Wilde, o una caja de bombones con una canción de Violeta Parra.

Porque mi naturaleza le pide a la vida una simetría de la que la vida, afortunadamente, carece. Y digo afortunadamente porque, de otro modo, la realidad no me haría tender a la acción, sino a la inmovilidad y la quietud.

Y no me invitaría a desenfundar el marcador rojo.

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