Que empiece el espectáculo

(BRASIL) – Como buen fotógrafo que es, Paulo da Fonseca describe en 683 palabras la fotografía que guarda desde hace 28 años en un cajón de su memoria: la del día que su padre lo llevó al circo, en su pueblo, para satisfacer su enorme expectativa de encontrarse con el poderoso león. La descripción, escrita a través de una lente y unos filtros llamados años, madurez y nostalgia, emociona: en este caso, 683 palabras valen mucho más que una imagen.


«Yo sólo tenía una simple máscara de papel con la imagen de un león, impresa en mala calidad y con un elástico para poder sujetarla a mi cabeza».

 
POR PAULO EDUARDO DA FONSECA
Fotógrafo y cronista de PB
(Foto: http://thedaddyyodude.blogspot.com.ar)

 
Era 1984. Mi padre me llevó a un circo que, por primera vez, pasaba por mi ciudad.

Yo era de un pueblo pequeño. Había visto algunas ferias y circos, pero éste era diferente. Venía de la capital y, además de atracciones como el globo de la muerte o el hombre bala, tenía lo que todo niño sueña ver de cerca: un león.

Toda la ciudad fue tomada por la ansiedad de aquel estreno, o tal vez sólo unos pocos niños —por lo que no me acuerdo muy bien—, pero lo cierto es que en mi escuela, el epicentro del universo para un niño de 8 años, no se hablaba de otra cosa. Algunos de los padres en mejor situación económica llegaron incluso a enviar a sus hijos a la escuela con exuberantes disfraces de león muy currados, con todo tipo de telas y una gran cabellera.

Yo sólo tenía una simple máscara de papel con la imagen de un león, impresa en mala calidad y con un elástico para poder sujetarla a mi cabeza. Pero la imaginación de un niño es una bendición, especialmente en una época en que todavía no había internet, y yo, con mis ocho años, rugía por los pasillos de la escuela con la voracidad de un león que reina en una manada.

Aquel ansiado domingo por la mañana mi hermano, mi padre y yo esperamos durante horas en esa enorme fila a las puertas del evento, protegidos del sol por la sombra de los grandes toldos del Circo Volador. Para mí esa fila duró días enteros. Mientras tanto hacía dibujos en la tierra con mis pies para pasar el tiempo, y ni siquiera las palomitas de maíz sirvieron para calmar mi ansiedad. Recuerdo haberlas contado una por una.

Cuando finalmente entramos, nos sentamos en la cuarta o quinta fila de las gradas, y la verdad es que no recuerdo muy bien las primeras atracciones que vimos aquel día. Creo que había payasos, malabaristas y algunos animales, no lo sé.

Ya había pasado casi una hora de espectáculo cuando las luces finalmente se apagaron. Gracias a la poca luz del sol que entraba a través de la lona, podía ver a los ayudantes abrir la jaula y sabía que el momento que tanto yo como toda la ciudad esperaba, estaba a punto de llegar: el rey estaba a punto de aparecer.

Recuerdo más la sensación que tuve que el espectáculo en sí. Contuve mis ganas de llorar y confieso que tuve la carne de gallina durante todo el número (al igual que ahora que escribo sobre ello, 28 años después).

Yo tenía la mano de mi padre cogida con todas mis fuerzas.

Ahí estaba el león, con su pata levantada y su rugidos ensordecedores, amplificados por el silencio de un público asustado.

Gigante. Imponente. Poderoso.

¿Poderoso?

Años después de aquella mañana de domingo por la mañana llegaron los zoológicos, los libros de texto de biología, las innumerables reproducciones de El rey león en cine, vídeo y Blueray, comencé a preguntarme qué hacía un animal como ese en una jaula de dos metros cuadrados, aturdido por los tranquilizantes y acorralado por un hombrecito pequeño vestido con un traje rojo con hombreras.

¿Era este el poderoso león?

La verdad es que no le di muchas más vueltas a aquello. Prefiero mantener los colores intactos en la foto que tengo guardada en mi cabeza, y no asumir que ese león era sólo una caricatura del animal, que tan sólo alcanzaba para alimentar la imaginación de un niño de 8 años, a lo sumo 12.

Al final, todo bien. Fue por eso que mi padre pagó la entrada.

Y hablando de mi padre, no recuerdo verlo sonreír o llorar ese día. Él fue allí sólo por los niños. Creo que en ese momento mi padre, incluso sin todas las referencias de internet, los diferentes medios de comunicación o la globalización de las marcas, ya entendía la diferencia entre aquel león y un león de verdad.

Sigo admirando a los leones pero, hoy en día, es a mi padre a quien más respeto.

Categories: Miradas

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