Molfino: “El ladrido es el mensaje”

(ARGENTINA) – Publicitario y escritor —aunque no necesariamente en ese orden: probablemente al revés— y militante político desde la cuna, Miguel Ángel Molfino trabajó en agencias de Buenos Aires y de México —Ratto BBDO, Pragma FCB, FCB México, Gaudelli MCW— hasta que en 2007 se instaló de nuevo en la capital chaqueña, Resistencia, donde había pasado su infancia. Y en esta breve columna para PRIMER BRIEF hace gala al mismo tiempo de sus dotes de creativo, de literato y de chaqueño por adopción: el lector que pare la oreja y la lea con atención, seguramente terminará moviendo la cola.


Escaneada por el mismo Molfino de su álbum familiar, la foto de Fernando frente a una de sus innumerables tazas de café —bien de bar, bien de poeta— es uno de los recuerdos más preciados de quienes lo conocieron en la Resistencia de los años 50 y 60.

 
POR MIGUEL ANGEL MOLFINO
Especial para PB
(Fotos: Acervo fotográfico chaqueño y Wikipedia)

 
El perro Fernando fue un fenómeno extraordinario que nos sucedió a los chaqueños entre los años 50 y 60. Este perro vagabundo (aunque siempre impecable porque todas las familias se turnaban para bañarlo) era un animal de gustos exquisitos: le gustaba asistir a los conciertos de la Sinfónica local, participar de mesas de café entre intelectuales, concurrir a reuniones sociales elegantes, etc. Alberto Cortéz le dedicó el tema Callejero, que después fue versionado por Attaque 77.


“Callejero” por su autor, Alberto Cortez.


“Callejero” versionada por Attaque 77.

Yo lo conocí porque era un permanente convidado a las fiestas de mi familia, en las que asistía el gobernador y ministros en ocasiones. Fernando llegaba, todos lo saludaban con una palmadita y mi vieja le servía un plato con bocaditos y un café cortado en tacita (era fanático del express cortado). El tipo comía, se lenguetaba su café, se sentaba junto al gobernador o a alguna persona de relieve (era sensible al olor del poder), escuchaba y cuando todo le parecía una gilada, se marchaba despidiéndose con un par de ladridos.

Había sido criado por un músico y cantante: de allí —parece— le venía el oído privilegiado que tenía para la música. Cuando se acostaba para escuchar la Sinfónica en primera fila del Teatro Sep, Fernando escuchaba atentamente. Y dice la leyenda que, cuando detectaba una disonancia en la interpretación, aullaba y se iba, como una forma de crítica musical perruna.

También conviví con él (yo tendría 10 años en los 60) en las mesas intelectuales del Café Sorocabana. Allí se reunía mi viejo con escritores, plásticos, diletantes y gente de teatro. Fernando se subía a la mesa y el mozo le acercaba su cortado sin que nadie lo pidiera. Lo tomaba, escuchaba, por ejemplo, una discusión sobre el Ser y la Nada de Sartre, por ahí pegaba un ladrido (¿una opinión?) o en su estilo terminante, se las tomaba murmurando ladridos, como si se fuera puteando entre dientes.

Era el mimado de Resistencia y aún así, un tarado anónimo lo molió a golpes y falleció al otro día de la golpiza. No se imaginan la indignación popular. El gobernador ordenó una investigación. Queríamos la cabeza “viva o muerta” (como dijo un amigo) del asesino de Fernando. En Resistencia se sufrió menos la muerte de Kennedy que la de nuestra entrañable mascota.

Se le levantaron dos monumentos públicos: uno en el sitio donde fue enterrado, frente al Fogón de los Arrieros, y el otro, una gran escultura frente a la Casa de Gobierno.


La estatua de Fernando frente a la Casa de Gobierno del Chaco.

Todos los años se lo recuerda frente a su tumba. Hay oradores y flores. Este año, como escritor, fui invitado a hablar en este acto tan importante para los chaqueños, aunque les parezca mentira. Se habían reunido más de 50 personas y en primera fila había un perro “x”, un vagabundo, que —a falta de no tener que hacer otra cosa— estaba estacionado allí.

Yo había preparado un breve discurso que se iniciaba con una cita de la perra Lassie. Obviamente, la cita tenía que ser ladrada porque Lassie jamás habló o fue traducida al “humano”.

De modo que empecé a ladrar y sorpresivamente, el perro vago de la primera fila me contestó con una pirotecnia de ladridos. Yo volví a ladrar y el perro hizo un solo y terminante ladrido, como diciendo “yo no discuto con boludos”. La carcajada fue generalizada y me costó terminar mi incursión: tenía miedo a que el perro vago me pusiera otra vez en ridículo.


Fernando murió el 28 de mayo de 1963. En la vereda del Fogón de los Arrieros, donde yacen sus restos, en un epitafio puede leerse: “A Fernando, un perrito blanco que, errando por las calles de la ciudad, despertó en infinidad de corazones un hermoso sentimiento”.

Además, en uno de los accesos a la ciudad puede leerse en un cartel un saludo al viajero que reza: “Bienvenido a Resistencia, ciudad de Fernando”.

3 replies »

  1. Miguel, gracias por compartir esta historia me emocionó muchísimo y también las canciones… un motivo más para visitar Resistencia un día pronto…

    • Gracias, Alvo. Escribir sobre Fernando también me regresó a emociones de mi niñez. Fue un fenómeno el perrito. De paso, te cuento que olvidé otro detalle de la formación sensible de Fernando: Solía asistir a las funciones de Cine Arte Resistencia (circa 1959/60)y prefería las películas de Igmar Bergman. “El Séptimo sello” era su favorita. Un abrazo.

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